Entrevista a Blanca Andreu

Juan Jacobo Wilkins, autor de “Biografía impura”, libro anterior de la colección, fue el encargado de presentar a Blanca Andreu y quiso hacerlo con estas palabras:

“Cuando vi que Blanca iba a publicar en la colección Vandalia yo tuve una grandísima satisfacción, porque desde la lectura que, parece que sea mentira, hace 30 años de “Diario de una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall” que fue premio Adonais. Es una de las voces más originales y más interesantes de la poesía española. Yo recuerdo y muchos de los que estamos aquí lo que supuso la aparición de aquel libro y la vivificación de la poesía más joven en aquel momento. A mí me emocionó aquel libro y me ha vuelto a emocionar la lectura de “Los archivos griegos”. Recuerdo que el primer poema que abrí de este libro o por el que se me abrió el libro es un poema de un solo verso y que dice “un perro es un lobo enamorado”; me pareció hermosísimo y que reunía de una manera deslumbrante y contenida lo que después aseguré leyendo el resto del libro y es que estaba lleno de verdad y de belleza y en el que se conjugaban la rebeldía de aquella poeta entonces nueva, joven, dentro del panorama lírico español más la madurez y la transparencia que había ido alcanzando con el paso del tiempo la palabra de Blanca, sin perder el esplendor de la metáfora –bellísimas en este libro- y que con el paso de la experiencia se ha ido serenando y se ha ido haciendo transparente, pero mantiene una capacidad mágica y de seducción, porque ella tiene algo absolutamente fundamental y es que no es intercambiable con otros poetas. Haya autores que si se mezclan sus poemas en una chistera daría igual, porque a fin de cuentas todos tienen la misma talla y parecen cortados por la misma tijera. En cambio, la voz de Blanca es absolutamente personal e intransferible que hace que se la reconozca desde ese primer libro hasta otro treinta años después, pero sin perder la esencia, porque me llamó la atención que si en ese libro en que se dio a conocer se iniciaba el primer poema con la imagen de un caballo griego, el primer poema de “Los archivos griegos”, curiosamente, también arranca con un corcel. Creo que ella no era consciente, pero yo he visto que lo que ha hecho es que ese caballo primero llegue hasta este otro de “Los archivos griegos” volando, porque permanece esa esencia en la madurez. El libro es una suerte de conjunto de teselas, un caleidoscopio porque hay miradas múltiples a las que ella incorpora una escritura que se corresponde con cada una de las partes y de los temas que trata, por ejemplo, la revisión de la infancia, rendida, asumida, vivida está contada desde una emoción y desde una limpieza conmovedoras y eso conforma como el ojo compuesto de un insecto. Hay distintas voces en “Los archivos griegos”, pero todas responden a la voz de Blanca Andreu. Es una miscelánea pictórica que pinta el mar de marinas, con una presencia del aire y del agua, pero también del compromiso del ser hombre con el poeta, junto a una intensidad lírica, esa metáfora de verdad y belleza, junto a la emoción y el intimismo, también está la persona que es testigo de su tiempo, que denuncia y está junto a quien lo necesita en poemas en los que se toma partido por aquellos que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Es un libro que hará que los lectores encuentren a Blanca absolutamente madura, transparente, emocionante y deslumbrante y con un lugar propio en la poesía española que afortunadamente no ha perdido nunca. Es una balsa para el lector”.

Por su parte, la autora hizo un repaso del antes y el cómo, de su respeto al lector y de la catarsis que no le ha hecho falta para que vean la luz “Los archivos griegos”:

“Han pasado treinta años desde el primer libro y llevo nueve años sin publicar. Yo siempre he publicado poco, porque yo uso mucho la papelera. Hace poco comenté una cosa en Segovia y salió en la prensa como si fuera humorística, pero no, yo lo dije muy en serio, porque “cuando yo veo un libro, veo un árbol”. Tendríamos que tener mucho cuidado con lo que publicamos y no publicar libros innecesarios y cargarnos el planeta más todavía. Pero bueno, yo escribo muy poco, a rachas y cuando era más jovencita escribí ese libro, el primero; usaba la poesía como una medicina catártica para desahogar mis dolores y convertirlos en algo bello, pero desde la treintena prácticamente mi visión del mundo cambió, encontré en la poesía unos componentes, por decirlo así esotéricos y descubrí que de lo que se escribe, se vive. Y lo que yo lanzaba al mundo, regresaba a mí. Después de publicar el libro del Adonais la resaca  de ese libro para mí personalmente fue espantosa. A mi carrera profesional la puso en órbita, pero mi persona salió completamente dañada, porque era un libro muy atormentado, aunque fuera un tormento camuflado de metáforas y eso me volvió y desde entonces procuro escribir cosas que no dañen, tampoco al lector”.

Unos días más tarde, sin la presión de las citas promocionales, Blanca Andreu nos atiende para desvelar cómo buscar entre las fichas de antiguo bibliotecario de emociones que hay en estos poemas-archivo.

¿Los archivos griegos” surgen de tu personal archivo akásico que has logrado almacenar en tu vida poética?

¡Qué elegante! (bromea). En realidad se titula así por los ocho o nueve primeros poemas que están inspirado en Grecia y sí que recoge todo lo que tenía por ahí.

Has comentado que no eres una poeta constante a la hora de publicar…

No, realmente el libro lo he publicado porque hablando con Cobos Wilkins me dijo “¿tú no tendrás por ahí un libro?” y le dije, “pues no lo sé, voy a mirar” y entonces vi que sí, que tenía uno.

Aparte de paisaje, el libro está lleno de espiritualidad, de los hombres y de toda esa fauna que te rodea que se hace casi antropomórfica…

Los animales están presentes en toda mi obra, a veces como metáfora y a veces como un motivo, porque están presentes en mi vida. Bueno, en este momento me rodea poca fauna: normalmente un perro y cuando salgo a la calle, aves o algún gato que conozco por ahí, pero me parece que no hay tanta diferencia entre un ser humano y una animal y si la hay, lo más probable es que sea a favor del animal, por su inocencia.

Este libro arranca la poesía de compromiso de Blanca Andreu con ese poema a Iraq…

Sí, ése es antiguo, bueno, es de la guerra, justo de los primeros días. Pero no hay en mí una intención de hacer poesía política, ni social, ni nada; escribo los poemas que me son dados. Cuando me vienen los escribo, pero no lo puedo programar.

Está mi presente el sufrimiento en este poemario…

¿El sufrimiento? Yo no lo percibo…, bueno, hay un Opus nigrum donde está el poema de Iraq y otro poema donde se habla de víctimas, un poema muy largo, pero no están escritos en estados dolorosos, exceptuando el de Iraq, porque sí que, yo creo que a todos los españoles nos dolió vernos implicados en esa guerra.

¿Y en poemas como Contrafaraón?

Yo creo que ahí no hay sufrimiento. Ése es un poema que Garmendia –que es tan listo-  lo definió, a ése y a otro que hay por ahí, muy bien como los “poemas airados”. Vamos, yo no experimenté sufrimiento, sino un gran placer, desahogándome (ríe), porque es un poema beligerante. ¿Has visto sufrimiento en ese poema que es tan cañero?

Sí.

¡Curioso! Es un poema donde alguien deja detrás al representante de la literatura oscura; no hay sufrimiento en eso, para mí fue liberador.

En Del ave fénix hablas del fuego que te extingue…

Pero no que extingue a mí, sino al ave fénix. Ese poema es hijo de otro, por eso pone “Homenaje a William Shakespeare”. Un lector mío muy avisado y muy avezado a la vez me ha puesto un mail diciendo “¡qué homenaje tan bonito al fénix y la tórtola!” –que es el poema de Shakespeare. Y ese poema si lo lees es grande; habla de unas bodas de unos pájaros, de un fénix y de una tórtola, dicho de un modo muy isabelino, muy barroco y poco a poco se va haciendo esencial y es un  poema que define el amor elevado a la enésima potencia, es una maravilla. Entonces, es el fénix de ese poema el que habla y para él, el fuego no es sufrimiento, es su proceso natural.

Has dicho que huyes de una poesía más doliente, porque era contraterapéutica y terminaba devolviéndote la vida lo que habías arrojado…

Sobre todo, porque si tú cantas algo, conviertes en hermoso algo que en sí es oscuro y a cada uno se le da lo que pide, según las leyes kármicas ésas o como se llamen. Eso lo verifiqué con Elfie Stott.

¿A qué público te diriges con este poemario? ¿Tienes en mente a un lector concreto cuando escribes?

No, lo pienso cuando ya he escrito el poema; entonces pienso, “esto le puede gustar a tal amigo” y entonces se lo mando, pero previamente no. No podría escribir si viera un ojo encima de mi hombro, escudriñando la página. Sería inquietante.

Te has acercado no sólo a Grecia, sino a todos los Balcanes…

Me enamoré de los albaneses que me parecieron unos mediterráneos incontaminados. No me los imaginaba así, porque toda la bibliografía que tenía era Sildavia y Molturia, de Tintín y me imaginaba un sitio lleno de bigotones, grandes narices y cosas malas y descubrí que eran como nosotros, pero más abiertos todavía. 

Este libro tiene mucho del color azul…

Claro, eso es completamente griego, eso es isleño total; las Cícladas son todas blancas y azules, luego hay algún disidente que pone algún verde o rojo, pero se le señala con el dedo. Hay gente que es mucho más receptiva –por ese lío de los conos y los bastoncillos de los ojos- a un color determinado; entonces mi color es azul. Yo tengo mucha sangre mediterránea y para mí fue estar en el paraíso.

Un gran contraste siendo una mujer de pazo…

Claro, pero también de veraneos mediterráneos, porque yo he vivido siempre dividida entre los dos mares; mi madre es de La Coruña y mi padre de Orihuela, entonces somos mestizos y estamos en lo dos puntos más alejados de toda la Península –hay más de 1.000 kilómetros-. Tengo un componente mediterráneo fortísimo.

Comentaste que leías con cuidado para no envenenarte… ¿Qué es lo último que has leído que no ha sido nocivo?

Yo solamente leo lo que no es nocivo; cuando veo sólo la contraportada del libro, que pretende que sea atractiva, para mí ya es disuasoria, con frases como “un libro soberbio que explora el sufrimiento…”, de eso huyo.

¿Y alguna que recomiendes?

¿Para alegrar el alma? Yo siempre recomiendo “Kim” de Kipling –es el libro que más he regalado-. Yo pienso que los libros los anima el espíritu con que fueron escritos. A mí los escritores alemanes, centroeuropeos que son tan secos y fríos no me gustan. Me gusta mucho la literatura inglesa, la francesa, la española también, porque tiene mucho vigor…

El libro está compuesto según Wilkins por miradas múltiples, como un mosaico…

Lo cierto es que cuando alguien escribe algo en realidad no sabe lo que ha escrito hasta que alguien se lo dice, porque es como tu propio rostro que no puedes saber cómo es hasta que no tienes un espejo delante. Yo lo que dice la crítica, si me parece positivo –que es una palabra muy fea- o constructivo, pienso “¡ojalá sea cierto!”. Esa mirada múltiple a lo mejor tiene que ver con que hay varios tonos en el libro, varios puntos de vista que son variados.

¿Te planteas la poesía como autoindagación o sólo es un dejarte llevar y comunicar?

Yo creo que es un camino para conocerse a uno mismo, pero yo ya me conozco, entonces para mí ahora, que me venga un poema es un regalo que me viene de la parte creativa o celeste. También pienso que los poemas preexisten.

Y tú los capturas…

Cuando era más jovencita tenía esa imagen en la cabeza, la de la cacería y me decía “¡a ver si cazo una pantera negra!”, pero ahora no, porque no los busco. Cuando era adolescente los buscaba desesperadamente, porque eso era mi religión y por hacer un buen verso daba lo que fuera.