Veintidós poetas finlandeses

Veintidós_poetas_finlandesesMás allá de la polémica de si se es de donde se nace o del país del que se toma la lengua para escribir, este volumen completa el Pentateuco de autores finlandeses de la misma editorial con nombres como Solveig von Schoultz, Eva Wichman, Ralf Parland, Ulla Olin, Bo Carpelan, Lars Huldén, Inga-Britt Wik, Peter Sandelin, Carolus Rein, Märta Tikkanen, Tom Sandell, Gösta Ågren, Claes Andersson, Anita Wikman, Agneta Ara, Ralf Nordgren, Tua Forsström, Bodil Lindfors, Leif Salmén, Martin Enckell, Agneta Enckell y Kjell Westö. Ahí está la sombra de esa madre rodeada del aliento infantil que no retiene la decisión de ese cuerpo angustiado frente a la puerta. Igual que el pájaro libre en su jaula, palpitando mientras mira las nubes. Poemas de un instante inmediato que acucia en cada final, con esa intensidad de la sangre brotando o la elección y la incomodidad de los gestos rutinizados, compartidos por el amor, si bien esa certeza no confirme que el dolor y la muerte pueden serlo en los poemas de Solveig von Schoultz. Versos sorprendentes los de Westö, por ejemplo, que nos enseñan una Finlandia muy distinta a la reverencial de nuestra prensa, con poemas que no se avienen a la ley y el orden, que se niegan a aceptar los titulares elegíacos en un paisaje urbanita tan amenazante como las arengas oficiales. Otros con tanta carga femenina como los de Agneta Enckell y sus coitos como huidas donde las mujeres gritan y sangran, o los de Eva Wichman con la que contenemos la respiración al escuchar esa premonición de brotes que son libertarios para una poeta que se atreve a internarse en la jungla y disponer los sillares de cada poema con los que “se transforma en primavera” el aire que respiras a cada paso, versos de exaltación del esfuerzo y la “serena soledad”. O los de Märta Tikkanen que aparca lo exterior para confesarse, lamentarse y culparse del alcoholismo de su marido, de su frustración y su miedo, pensando “en todas las mujeres / qe en todas las épocas / han vivido este instante / el instante que precede al golpe de la mano”. Desesperación de amor como lo denomina con mucho de dependencia  y sumisión, a pesar de que sabe que no hay necesidad de opresión ajena cuando somos las primeras victimas de nuestra mala conciencia. Miedo que encontramos también en las escenas familiares retratadas por Carpelan, con sus ensoñaciones que persiguen esa voz débil del manantial o el rostro de catástrofes anunciadas. En las antípodas, el poeta de Carelia, Ralf Parland, que intuye la esperanza en mitad de la guerra en “la blanca mirada ciega de la nieve” y para el que un nuevo mundo empieza a reverdecer. Siempre devolviendo al lector la sencillez del verano frente a la violencia de la noche que contempla desde la ventana, como poeta “en presente remoto” que se pasea por la exótica España. Versos como los de la sueco-finlandesa, Ulla Olin, que habla desde un yo de renuncias, pero sensitivo a las “líneas calientes que dejan su trazo en la nieve” y son la soledad de alguien, que no piden respuestas, ni luz porque lo crucial es tener “el coraje de los vivos” para encontrarse a sí mismo y a otros y saber permanecer incluso ante el dolor intratable del hijo. Saca de sí las palabras que se pudren dentro como algas en la playa.

Huldén brinda por la revolución “buena y justa” y por una Finlandia, la indolente y no la afanosa que les vendieron quienes olvidan las fronteras de la moral y la cultura en pro de las territoriales. Y celebr la felicidad en el silencio del temeroso y no se cansa de tratar las mismas ideas sobre el amor a la humanidad, empeñada en resolver los conflictos contando los años del tocón, aunque para ello haya que cortar el árbol. Argumento continuado en los versos de Tua Forsström con ese “oscuro material” que siempre nos corta el paso en esa transformación que es “la sombra de guerras en el frente”, batallas diarias en último término.

Wik por su parte, mezcla la indiferencia, la desesperación, con los instantes de una infancia ahora llena de sombras, “cuando se pierde lo que se ama”, en tanto ella quiere salir de sí para vivir en el atrevimiento que habita el verso. Y Sandelin escucha a la naturaleza, aunque sea en ella donde la soledad del hombre sea nada, mientras que su huella es el veneno. Y en esa senda, Carolus Rein sabe leer los nombres que dibuja la nieve y sueña con un país del juego y las estrellas.

Alicia González

Veintidós poetas finlandeses

Eds. Francisco J. Uriz y Juan Capel

Libros del innombrable. Zaragoza, 2015

298 páginas

23 €

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