Mojar los labios en el vino de Hermann Goering


No se sabe con seguridad pero si las malas lenguas no dicen mentira,
una de esas 2.000 botellas podría dejarle un amargo regusto al apurar su
copa. Se rumorea que las bodegas de Cricova, en Moldavia albergan los
caldos de la colección privada de Hermann Goering, lugarteniente de
Hitler y morfinómano irredento. El hedonista y regordete nazi no se
caracterizaba precisamente por la austeridad, porque aparte de acumular
kilos, su gusto por lo suntuario le llevó a atesorar obras de arte,
caros relojes y los vinos que hoy se guardan en tierras moldavas. ¿Qué
cómo llegaron allí las botellas de Mosela del 35? Al parecer el Ejército
Rojo lo custodió como botín de guerra hasta que el ministro de
Agricultura, Benedikt Ivan Aleksandrovich quiso gratificar a los
viticultores de Crimea y Moldavia con este inesperado regalo.

Pero no es la única sorpresa en estas kilométricas cavas, porque Cricova
está literalmente excavada y estas bodegas albergan otros tesoros como
la botella roja del “Easter in Jerusalem”, que la primera dama israelí
Golda Meir regaló a los propietarios para la inauguración. Los
subterráneos de Cricova tienen mucho que callar, porque por sus pasillos
han estado desde Mao hasta Kim Il Sung, pasando por el diplomático
español Javier Solana, el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch y
no, Boris Yeltsin no recaló en ellas, no porque no le hubiese apetecido
probar los licores embotellados, tan conocidos por los líderes Partido
Comunista soviético –costumbre mantenida por el omnipotente Putin que
celebró su 50 cumpleaños bajo tierra entre botellas moldavas-, sino por
la alergia de su esposa a los viajes. Uno que sí se perdió literalmente
durante dos días en 1966 en las simas de Cricova fue el astronauta Yuri
Gagarin. Lo mismo formaba parte de su reentrada en la atmósfera
terrestre… De su paso por los pasillos moldavos queda testimonio de su
ofrecimiento de traer metal de la luna o de otros planetas si fuera
necesario para reconocer con las medallas que hiciera falta la
excelencia de sus caldos. Cuenta la leyenda que en uno de sus paseos
para “desintoxicarse” de tan benéfica guarida, la alegría le llevó a
estrellarse con su coche. Quizá el frescor de sus galerías –la
temperatura se mantiene estable entre los 11 y los 14º durante todo el
año- hizo al astronauta buscar el calor de aquellos reconfortantes
subterráneos, donde exaltar de nuevo la amistad de unos vinateros tan
productivos.

Es extraño que se desorientara incluso dentro del recinto, porque el
gigantesco dédalo de Besarabia cuenta con letreros alusivos (calle del
hilo de Ariadna, vía Dionisos, boulevard champagne, calle cabernet…),
incluso con semáforos para regular el tráfico de los trabajadores que
supera los quinientos operarios. Comodidad dentro y fuera de los silos
del vino, pues ya en la era Brezhnev se acondicionaron las carreteras
que conducen al recinto para que los grandes catadores de estas
delicias, potentados mundiales, no se marearan antes, sino una vez
degustado el licor de sus botellas. Tal vez el arrepentimiento llegara
durante los años de Gorbachov, en que la prohibición del alcohol habría
puesto en peligro la supervivencia de tan extensa provisión de vinos,
hasta 640 variedades, de no haber sido por los pasadizos secretos.


Con 250 kilómetros de pasillos, 120 de ellos abiertos al público,
galerías de entre 6 a 7,5 metros y alturas de 3 a 3,5 metros, algunas de
ellas a 100 metros de profundidad, cubriendo 53 hectáreas los depósitos
de vino y a tan sólo 18 kilómetros de la capital moldava, Chisinau, su
origen se remonta a la iniciativa de dos enólogos, Petru Ungureanu y
Nikolai Sobolev que decidieron dar un nuevo uso a las minas de piedra
caliza, antaño ocupadas por el Mar
Sármata
, lo que, unido a la creación en 1950 de la Academia de
Ciencias del Instituto de Investigación en horticultura, viticultura y
enología daría alas a esta locura enológica de la que saldría su primera
cosecha entre 1953 y 1954. La villa de Mileştii Mici ya se conocía en el
siglo XI a. de C., se alzó con la victoria en 2007 del récord Guinness
como la mayor colección de vinos, dos millones por aquel entonces que
cada año se revalorizan según los expertos en un 30%.

Lo que quizá les resulte un tanto kitsch en este reino del vino es la
decoración de los salones, repletas de grupos escultóricos en mármol,
mobiliario en maderas nobles y columnas de regusto grecolatino, así que
si les apetece un chapuzón en vino siempre pueden remojarse en la fuente
de cabernet de la entrada sin desentonar con este paraíso etílico.

Autora: Alicia González

Les dejamos con un rápido deambular por las callejas de esta Cricova
subterránea

Enlaces de interés:

Cricova

Milestii Mici